Uno de los debates clásicos del pensamiento económico desde el siglo XVIII, y que aún resiste con fuerza, ha sido si los recursos del planeta tierra serán suficientes para proveer de bienestar y salud a la humanidad. En este sentido, la pregunta clave a responder es doble:

  • En un sistema de economía de mercado (capitalismo) ¿es posible crear riqueza sin que haya crecimiento? El paradigma dominante, heredero del pensamiento de Adam Smith, dice que no lo es, dado que estima que es necesario más crecimiento (y más PIB, más productividad, más demanda interna, más comercio internacional.) para crear puestos de trabajo y que el capital se atreva a invertir, se incremente la recaudación de impuestos y entonces crezca la inversión pública, etc.
  • Dado el actual nivel de consumo de recursos (petróleo y otras materias primas, alimentos, bienes de consumo, energía) que tiene lugar en los países del primer mundo, ¿es posible que el resto del planeta se desarrolle siguiendo el mismo patrón y llegue al mismo nivel de consumo de recursos? La corriente de pensamiento dominante, heredera del pensamiento de Thomas Malthus, indica que no lo es: el ecosistema planetario no lo resistirá.
Smith i Malthus

De izquierda a derecha: Adam Smith (1723-1790) y Thomas Robert Malthus (1766-1834)

Actualmente, para conocer el estado del debate, hay que leer a estos referentes: Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee publicaron en 2014 The second machine age, en la que los dos profesores del MIT pregonan la siguiente revolución tecnológica. Por el contrario, Robert J. Gordon, de la Universidad de Northwestern, publicó en 2016 The rise and fall of American growth, donde prevé que el crecimiento del capitalismo ha terminado: un mundo de crecimiento cero donde estallarán todo tipo de conflictos.

 

¿Hay alguna brecha de oportunidad?

Hoy por hoy, el actual debate científico y político no ha encontrado respuesta alguna a ambas cuestiones, pero siempre hay una alternativa velada que, negada por muchos científicos, no deja de aportarnos una cierta esperanza: el cambio tecnológico es la clave para resolver este dilema, ya que siempre termina aportándonos una solución de última hora que sobrepasa el escenario del momento. Confiar en que los problemas que ahora no tienen solución la tendrán en un futuro y, por lo tanto, no hay que preocuparse a buscarles una solución es una actitud muy humana que no deja de estar fundamentada en la evidencia de la historia económica. Por otra parte, no sólo hay que entender el concepto de «cambio tecnológico» en un sentido restrictivo y acotado a la ingeniería: hay que hablar también de innovación social, nuevas formas de organización y producción, etc. Dicho de otro, la innovación no solo debe ser guiada por la tecnología.

La cuestión del «desarrollo económico local» ha llegado a ser una auténtica obsesión de los responsables políticos de ciudades y territorios, y no escapa a esta dialéctica. Pues bien, aquí hay algunas posibles realidades que se presentan a menudo como soluciones:

  • La innovación es mucho más que tecnología. Innovación significa crear nuevos productos, pero el valor añadido siempre se encuentra en el campo de las ideas, sea creándolas o bien adaptándolas a la realidad del lugar y el momento. Podemos encontrar algunos casos de muchas vocaciones desveladas, de éxitos culturales que impactan en la juventud y que crean prestigio y valor económico. Hablamos, por ejemplo, del cocinero Gastón Acurio, impulsor de lo que actualmente supone la marca de Perú en el escenario culinario internacional, pero también podríamos hablar de otros casos de éxito internacional como son el Bollywood o incluso las telenovelas latinoamericanas.
  • Otro caso de éxito se sitúa en Nueva York, escenario que en 2008 era el epicentro de la crisis financiera global. El entonces alcalde Michael Bloomberg apostó por reinventar la marca de la ciudad en la línea de lo que se estaba haciendo en Silicon Valley: una apuesta por las start-up tecnológicas, por la tecnología en las universidades y, sobretodo, por hacer partícipe de este cambio a la sociedad civil. Por ejemplo, implicando a los empresarios de éxito en la docencia. Se trata de un experimento social de relativa novedad, indisociable del partenariado universidad-empresa. Toda una apuesta de futuro en una ciudad que dispone de una situación de partida especialmente favorable.
  • Podemos mencionar también el ejemplo de la ciudad-estado de Singapur, que recientemente ha celebrado los cincuenta años de su independencia. Un modelo de evolución constante, que pone el foco en la captación y retención del talento y en las facilidades fiscales a los emprendedores. Singapur ha invertido muchos esfuerzos para convertirse en el nodo de conocimiento e innovación en el Sudeste Asiático, deviniendo un centro financiero y de negocios internacional en el cual el estado se implica activamente en la captación y retención de talento, situando sus centros universitarios en lo alto los rankings internacionales.
  • Otro caso de éxito, en este caso más vinculado a la universidad, sería el Urban Mill de la Universidad de Aalto (en Espoo, Finlandia), un espacio de coworking impulsado en el año 2013 donde representantes del sector público y privado pueden reunirse con los institutos de investigación para impulsar proyectos de cooperación de carácter interactivo y creativo.

Tal vez la síntesis del paradigma de la innovación se encuentra aquí, en el Global Innovation Index (GII). Se trata de un informe anual que incluye el ranking mundial de la innovación de las economías nacionales. Editado desde 2008, se ha consolidado como la referencia líder en la innovación, con el objetivo de comprender con mayor detalle sus aspectos humanos para el óptimo diseño de políticas que ayuden a promover el desarrollo económico a nivel local, partiendo de una visión horizontal y amplia que va más allá de cómo se había medido tradicionalmente la I + D.

Global Innovation Index

Global Innovation Index: marco teórico

 

Sostenibilidad, crecimiento cero y nueva economía para ciudades y territorios

Lo cierto es que los datos macroeconómicos indican que en los últimos años el crecimiento económico medio mundial está estancado en el 1-2% a pesar de la intensidad con la que se han aplicado las tecnologías de la información y la comunicación desde la década de 1990. Por otro lado, las posibilidades reales de una economía de crecimiento cero y sus implicaciones prácticas parecen, hoy por hoy, una quimera. Si bien la necesidad de crecimiento continuado puede generar muchos problemas (ambientales, de desigualdad), las implicaciones materiales del crecimiento cero no parecen asumibles para la humanidad ni tan siquiera desde un punto de vista cultural.

Entonces, ¿cuál es la alternativa para el desarrollo económico de ciudades y territorios? Quizás ya se está aplicando una «tercera vía»: crecimiento sostenible, especialización productiva inteligente a partir de los recursos endógenos, producción y consumo de proximidad y las tecnologías de diseño y fabricación de bajo coste desarrolladas en entornos de co-creación. ¿Son estos unos cimientos sólidos para una nueva economía? Es difícil de saber, pero lo que no puede asumir ninguno de los actores implicados en el crecimiento económico local (empresas, sector público, ciudadanos, actores del conocimiento) es no hacer nada. Y desde la Unión Europea parece que se apuesta en esta dirección.

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