A lo largo de los últimos tiempos se ha producido un intenso debate sobre cuál debe ser el rol de las nuevas tecnologías en la gestión del día a día de las ciudades. Urbanistas, autoridades locales, investigadores, periodistas, empresas tecnológicas y expertos en nuevas tecnologías debaten públicamente sobre si debe prevalecer la óptica de la Ciudad Inteligente (‘Smart City’) o la de la Ciudad Democrática (‘Democratic City’).

Hay voces que sostienen que elementos como la universalización de las conexiones inalámbrica y la incorporación de sensores a lo largo de la ciudad, con el elevado volumen de datos que proporcionan a los proveedores de servicios de interés público, mejorarán la vida cuotidiana de los habitantes de las ciudades. Por el contrario, otras voces parecen preocupadas por el hecho que los ciudadanos aporten, de manera inconsciente, grandes volúmenes de datos a empresas privadas que operan bajo una lógica lucrativa, mostrando su oposición a la vieja idea del Panóptico de Jeremy Bentham en versión 2.0.

Las raíces de esta última visión se remontan al clásico temor que crean los adelantos tecnológicos, ligado sobre todo a cómo pueden ser utilizados para modificar la distribución del poder dentro de la propia sociedad. El concepto de Smart City, en este sentido, implica cuestiones muy profundas y han provocado un creciente debate tan pertinente como apasionado.

Pros y contras

Algunas de las razones que sostienen cada visión son:

– El concepto de Ciudad Inteligente (‘Smart City’) es un concepto ideado por grandes empresas tecnológicas para presentar sus soluciones a la administración pública y obtener contratos.

– Las TIC aplicadas a los servicios urbanos a través de la Internet de las Cosas (IoT) conllevan más eficiencia y hacen la vida más fácil a los ciudadanos a través de soluciones como por ejemplo la gestión de estaciones de bicicletas compartidas, el alumbrado público, la gestión del tráfico y el aparcamiento o la optimización de la gestión de desechos, entre otros.

– El concepto de Ciudad Inteligente (‘Smart City’) necesita una redefinición. Hay que situar el foco en el papel de los ciudadanos en su construcción, promoviendo un enfoque más colectivo y de arriba abajo (‘bottom-up’). Hay que evitar el riesgo de que las herramientas que nos proporciona la Smart City puedan convertir la ciudad en una arena de vigilancia permanente y el acceso a datos privados fuera de todo control democrático.

– Los adelantos tecnológicos no pueden detenerse en base a una actualización del pensamiento ludita en pleno siglo XXI, que se opone a la digitalización y al rol de las nuevas tecnologías. Es más, la Smart City permite iniciativas de datos abiertos en ámbitos como por ejemplo la simulación y planificación de emergencias, la gestión de los flujos de ciudadanos desplazándose por la ciudad y el territorio o la implantación de nuevos servicios para la gestión urbana. Para decirlo más fácil, y en términos orwellianos, el Gran Hermano simplemente no existe.

– Si fiamos toda la gestión de la Smart City a un panel de control en un centro de operaciones y la tecnología falla, pueden aparecer problemas graves en caso de emergencia.
En definitiva, hay que ven que la Smart City como una oportunidad que los Ayuntamientos no pueden dejar pasar así como así para lograr niveles de eficiencia, seguridad, confort y sostenibilidad sin precedentes, mientras otros ven este concepto como un conjunto de ideas que no pueden servir a los intereses de la ciudadanía porque directamente atenta contra la democracia.

El caso de Barcelona. Debatiendo y perdiendo posiciones a la vez?

Hace un par de años, Barcelona se situaba como una de las ciudades más creativas en soluciones de Smart City al mismo nivel de ciudades como Londres, Nueva York y San Francisco. El año pasado, de hecho, Barcelona fue reconocida como ‘Global Smart City’ por el Juniper Research Ranking, sólo superada por Nueva York y Londres.

Aún así, la llegada del nuevo equipo de gobierno en 2015 parece que al Ayuntamiento se muestra escéptico con la visión de Smart City que tenían sus antecesores. Algunos proyectos de desarrollo ligados a grandes empresas tecnológicas han sido aplazados, y el papel de Barcelona como ciudad embajadora sobre el tema parece que se haya difuminado hasta el punto que Barcelona no asistió al Smart City Expo de Puebla (México) el pasado mes de febrero.

Por qué? Parece que las autoridades municipales de Barcelona están atrapadas en el debate entre Smart City y Democratic City, puesto que han optado para redefinir los objetivos y contenidos subyacente al discurso sobre el Smart City del anterior gobierno municipal. Las nuevas ideas ahora son la de smart citizen y democracy city, dos conceptos que todavía carecen de una definición y de un proceso de implementación efectiva a través de políticas públicas concretas. Quizás sería útil invitar a aquellos que participan en este debate a dar un vistazo a nuestro último artículo sobre el tema.

De momento, no nos queda más remedio que esperar a ver qué sucede a la próxima edición de la Smart City Expo World Congress, que tendrá lugar el próximo mes de noviembre en Barcelona.

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